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La necesidad de vínculos afectivos y sus huellas imborrables

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Actualizado:

6 min de lectura.

Al hablar de vínculos afectivos, hay que tratar de vivenciarlos. Te invito a un sencillo experimento.

Piensa en una persona que haya sido emocionalmente importante en tu vida. Permítete un momento para evocar algunos recuerdos.

Cierra los ojos. Obsérvate.

Seguramente los recuerdos provoquen alguna sensación en el cuerpo. En la boca del estómago, en el pecho, en la garganta, en la cara… Tal vez en forma de presión o cambio de temperatura; ligero o intenso; agradable o desagradable.

Poner en palabras ese lazo interior, es hablar de amor, cuidado, ternura, cariño; o de necesidad, dependencia, nostalgia; en otros casos, de odio, rabia, dolor. El vínculo afectivo o apego es como un puzzle emocional con piezas distintas.

El júbilo ante un reencuentro esperado. Sentir calidez en la cercanía de alguien que valoramos. La desesperación cuando nos sentimos abandonados por seres queridos. La melancolía en las huellas de nuestros recuerdos.

Son expresiones universales de la interiorización de los vínculos afectivos. El vínculo se forja en la mente y cuerpo: en las emociones, en nuestros pensamientos, y en forma de recuerdos y deseos.

SERES HUMANOS, SERES RELACIONALES: ¿POR QUÉ FORMAMOS VÍNCULOS?

El ser humano existe en y con relación a otros.

Una de las necesidades más importantes de la experiencia humana es el impulso y la conservación de un vínculo afectivo fuerte con otra persona. La herencia evolutiva nos empuja a estar en contacto, no sólo por ser una especie sociable, necesitamos los vínculos afectivos para poder sobrevivir.

El cerebro de los mamíferos incorporó comportamientos sociales, desarrollando un sistema afectivo-social. El desarrollo neurobiológico permitió formar vínculos estrechos con otros congéneres y actuar cooperativamente. Fue decisivo para la supervivencia de nuestros antepasados, por necesidad de cohesión grupal y de protección mutua.

Para nuestra “herramienta” evolutiva más sobresaliente, pagamos el precio de la maduración más lenta del reino animal. Con crías vulnerables por más tiempo, se necesita una conexión mutua que asegure la conservación durante el crecimiento. Dependemos de otras personas que nos cuidan y protegen.

A lo largo del a vida, en condiciones favorables, las relaciones tienen la capacidad de nutrirnos psicológicamente. Encontramos refugio y seguridad, apoyo y cuidado, nos alimentan de afecto. Algunas son un motor de vitalidad y aprendizaje. Cincelan nuestra autoestima, ofreciendo aceptación, comprensión y validación. Pueden ofrecer una profunda intimidad y goce sensual. Múltiples necesidades se calman en una misma fuente.

¿CÓMO NOS INFLUYEN LOS VÍNCULOS AFECTIVOS?

Sus huellas se remontan a nuestra infancia.

El cerebro de un bebé está programado para ser social. Esta “programación” permite satisfacer sus necesidades fisiológicas y afectivas (seguridad, amparo, afecto, miedo, hambre, dolor, soledad etc.). Venimos equipados con una amplia gama de recursos (sonrisa, imitación facial) que permiten la socialización nada más nacer. Especialmente con la madre.

El bebé nace inscrito en un entorno social que permite su desarrollo. La relación con Otros significativos constituye mente y cerebro.

Esta cercanía emocional tan estrecha forma un vínculo afectivo único con nuestros progenitores o cuidadores. Este escenario y sus vicisitudes nos marcan toda la vida. La calidad, sensibilidad y presencia del cuidado de las figuras de apego nos influyen profundamente.

En esas condiciones (buenas o malas), se desarrolla lo que será nuestra personalidad, además de recursos y capacidades psicológicas e interpersonales, así como los conocimientos y creencias que construyen la realidad, y que nos permiten adaptarnos. La genética no asegura nuestro desarrollo evolutivo por sí sola: depende de la red social.

En etapas adultas, muchos problemas relacionados con la salud mental están asociados a las experiencias dentro de los vínculos afectivos, destacando los trastornos de personalidad y las dificultades emocionales e interpersonales.

Cuando hay experiencias de vínculos seguros, el organismo y nuestras emociones sencillamente funcionan mejor. La regulación afectiva y la sintonía adecuada promueve un cuerpo y una mente más estables desde la infancia. En relación a nuestra maduración, son el sustrato de la construcción de nuestra identidad y autoimagen.

“En condiciones favorables, las relaciones tienen la capacidad de nutrirnos psicológicamente. ”

VÍNCULOS AFECTIVOS: ¿ESCUDOS O VULNERABILIDADES?

Existen tantos tipos de vínculos afectivos como personas existen en nuestras vidas. Se pueden clasificar de múltiples formas, desde el grado de afecto e intimidad, la familiaridad, o el ámbito social al que pertenecen. Algunas nos enriquecen psicológicamente, mientras que otras pueden llegar a ser cáusticas e intoxicarnos afectivamente.

Los intercambios en las primeras relaciones del niño, son un eje básico florece la futura personalidad, autoimagen, sexualidad,  formas de relacionarse, capacidad de regular y entender emociones propias y de los demás… pero son también un punto de inflexión para nuestras mayores dificultades psicológicas y emocionales. Son el origen de muchas de nuestras fragilidades y de dejarnos en un estado de vulnerabilidad cuando se rompen o las perdemos.

Sin embargo, los vínculos afectivos son nuestro mayor escudo.

Si cortamos una cebolla por la mitad, podemos observar sus distintas capas. Imagina su pedúnculo floral como tu representación frágil al venir al mundo. Las capas internas son los vínculos afectivos más importantes, aquellos que más nos “cubren”. Los padres o una pareja estarían ahí representados. A medida que nos alejamos al exterior se sitúan otros familiares (abuelos, hermanos, tíos, etc.), así como amigos cercanos, u otras personas que queremos y valoramos.

Si las personas de las capas más internas no están disponibles, nos desplazamos a otras por necesidad. Aunque su protagonismo es mayor, especialmente en la infancia, podemos seguir formando fuertes vínculos afectivos con otras personas. El vínculo afectivo de pareja se suele convertir en la capa más interna en la etapa adulta.

Después de la infancia, cada capa, todos nuestros vínculos afectivos, de distinta estructura e importancia, son un apoyo ante las adversidades, nos permiten lograr un estado emocional de seguridad y un sentido de estabilidad. De alguna forma, a pesar de nuestra autonomía o independencia, nos siguen arropando en la vida.

LOS VÍNCULOS AFECTIVOS SE CONVIERTEN EN MAPAS EMOCIONALES

El vínculo afectivo puede ser observable, pero es algo interno. Tiene forma de sentimientos, memorias, deseos, expectativas…Son un molde que configura nuestra forma de sentirnos en el mundo, respecto a lo que esperamos de los demás, y como nos relaciones con nosotros mismos. Estos filtros o esquemas internos, son plantillas que influyen en la percepción e interpretación de las experiencias interpersonales y psicológicas. Simbólicamente, son mapas emocionales con los que nos orientamos (o desorientamos) en la vida.

Finalmente, a pesar de la importancia de los primeros vínculos afectivos, dichos mapas no son inquebrantables. Si viviste un entorno problemático, con carencias o fallas, las relaciones a lo largo de tu vida siempre te ofreceran una nueva oportunidad de sanarte. Las relaciones sanas, seguras, respetuosas, permiten un espacio donde moldear los mapas emocionales y poder liberarte de los lastres que las huellas de tus vínculos pasados dejaron. Esas condiciones son ofrecidas en la psicoterapia, una opción que ayuda a reflexionar y cambiar dichos esquemas.

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